En el Teatro Colón, Juan Diego Flórez fue Gardel

Juan Diego Flórez - Foto 2

Por Margarita Pollini

Buenos Aires, 27 de septiembre del 2018 – “Con la voz también se canta”, dicen que repetía un recordado tenor y maestro de canto ítalo-argentino. La frase hace referencia, por supuesto, a que una voz, por extraordinaria que sea, no es nunca suficiente por sí misma, sino que es necesario que sea el vehículo de todo aquello de lo que un cantante inteligente y sensible puede ofrecer. En su regreso al Teatro Colón (a trece años de su presentación allí para el Mozarteum Argentino), Juan Diego Flórez fue la prueba viva de la certeza de aquella sentencia, y ofreció, junto al pianista Vincenzo Scalera, una actuación antológica en más de un aspecto.

Juan Diego Flórez - Foto 4

En el marco -y como cierre- del ciclo Grandes Intérpretes Internacionales, Flórez abordó un programa a la medida de las expectativas del público, aunque fue llamativa la ausencia -tanto en las obras previstas como en los bises- de obras de Rossini, uno de los compositores para los que el tenor peruano parece haber nacido. Como entrada, Flórez acometió con extrema prolijidad dos fragmentos de Mozart: la archiconocida aria de Tamino de La flauta mágica, y la menos transitada “Si spande al sole in faccia”, de Il re pastore. El resto de la primera parte del recital estuvo dedicado a números famosos de Donizetti y Verdi: “Una furtiva lagrima” (L’elisir d’amore), “Tombe degli avi miei” (Lucia di Lammermoor), “La mia letizia infondere” (I lombardi alla prima crociata) y la escena de Alfredo de Traviata. Aunque en todo este bloque el desempeño de Flórez fue inquebrantablemente parejo, sobresalió una de sus asombrosas cualidades: la de lograr mantener la tensión (y la atención) en las pausas, acompañado por la fascinación de una sala repleta que siguió al milímetro cada inflexión de su voz, su musicalidad y su expresión. Fueron fundamentales en este sentido el oficio y la sensibilidad de Scalera, acertado en todos los estilos, e impecable en la ejecución de los dos entremeses instrumentales: un vals de Donizetti y la “Meditación” de Thaïs de Massenet .

Juan Diego Flórez - Foto 3La segunda parte estuvo casi exclusivamente reservada a otro repertorio que parece escrito para su voz: el del romanticismo francés. Con excelente articulación del idioma, línea de una belleza pasmosa y la paleta de matices infinita que le permite su técnica, el peruano ofreció una canción (“Ouvre tes yeux bleus”) y tres arias de Jules Massenet: “En fermant les yeux” y “Ah, fuyez, douce image”, ambas de Manon, y “Pourquoi me réveiller”, de Werther, que estuvieron entre lo más memorable de una noche extraordinaria, junto con “Salut! Demeure chaste et pure”, del Faust de Gounod. El programa tuvo un cierre soñado con una versión exquisita e inolvidable del aria de Rodolfo de La bohème.

42681065_1964674050220381_6607774684878471168_nTal como la brevedad del programa hacía prever, la sección reservada a los bises fue casi un recital en sí mismo. Con la versatilidad y el carisma que lleva como un sello propio, Flórez fue del bel canto (con el final de “Ah, mes amis” de La fille du régiment) a la música latinoamericana, y nuevamente a la ópera. Acompañándose en la guitarra, el tenor desgranó delicadeza y refinamiento en clásicos como “Cucurrucucu, paloma”, “José Antonio” y “La flor de la canela”, y, secundado -en un dúo imprevisto y a la vez genial- por el excelente guitarrista argentino Arturo Zeballos, quien trepó desde la platea cuando el cantante preguntó si alguien podría acompañarlo, interpretó de forma conmovedora el tango-canción “Volver”, de Gardel-Le Pera. Con “Granada” (de Agustín Lara) y “Nessun dorma” (fragmento que, sin ser para su voz, cantó con prudencia y sin forzar el instrumento), Juan Diego Flórez coronó su romance con el público del Colón, un amor que, por lo visto, una ausencia de trece años no hizo más que acrecentar.

Juan Diego Flórez - Foto 5

Fotos: Arnaldo Colombaroli / Gentileza Prensa Teatro Colón

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Bryn Terfel en el Colón: lecciones de un artista total

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Por Margarita Pollini

Buenos Aires, 6 de septiembre del 2018 – Con un programa casi autobiográfico, un carisma arrollador, una presencia escénica imponente y una vocalidad en plena forma, Sir Bryn Terfel, el célebre bajo-barítono galés, le entregó al Teatro Colón una de las mejores noches de los últimos años. La presentación se dio como parte del abono Grandes Intérpretes Internacionales, que cerrará el 26 de este mes con otra de las estrellas de la lírica actual: Juan Diego Flórez.

Aunque se lo promocionaba como su debut en Argentina, se trataba, al menos, del debut de Terfel en el Colón, ya que -según recordaban muchos en la sala- el artista había brindado un recital en Buenos Aires en la década del ’90, cuando su carrera se afianzaba. Hoy, pasados los cincuenta años, Terfel es un artista excepcional, inquieto, versátil como pocos, con mucho camino recorrido y mucho por recorrer. Desde el planteo mismo del programa, el cantante reafirmó su cualidad de intérprete de cámara y también su compromiso total con cada una de las obras, que fueron hilando momentos de su vida, su aprendizaje y su carrera, y que fue matizando con relatos y bromas que el público -un Colón lleno en el que no faltaron representantes de la comunidad galesa- siguió al milímetro.

Bryn Terfel - Ciclo Grandes Intérpretes Internacionales - Foto 1

En la primera parte, Terfel agrupó músicas de las Islas Británicas. El punto de partida fue su propia patria, con tres canciones en idioma galés: “Can yr Arad Goch”, de Idris Lewis, “Sul y Blodau”, de Owen Williams, e “Y Cymro”, de Meirion Williams, a las que siguieron las hermosas Salt Water Ballads de Frederick Keel, y cinco melodías tradicionales de Irlanda, Gales y Escocia, en arreglos de Chris Hazell, entre ellas “Danny Boy”, “My little Welsh home” y “Loch Lommond”. Tanto allí como en el resto del programa, Bryn Terfel confirmó en todo momento una de sus mayores cualidades: más que interpretar, vive como propia cada página, cree profundamente en ella, y ese compromiso propio llega sin barreras al espectador, que recibe perfectamente el mensaje por más que no comprenda en todos los casos el texto. Si bien sería casi superfluo hablar de técnica en un artista tan integral, bastará con decir que su voz corrió con facilidad por toda la sala, y su paleta de recursos le permitió todos los matices posibles. Para eso contó, afortunadamente, con un sustento de lujo en la muy sensible pianista rusa Natalia Katyukova, que secundó al milímetro cada inflexión del canto y supo adaptarse a cada estilo, en la mejor tradición de los grandes partenaires de cámara.

Con indudables -y conocidísimas- dotes dramáticas, Terfel hizo un espectáculo visual de cada canción; tal vez por eso no fue para lamentar (excepto para un sector del público que esperaba más ópera) la inclusión de solo dos fragmentos de música de teatro: la célebre balada de Mackie Messer de La ópera de tres centavos de Weill-Brecht y el aria “Son lo spirito che nega”, del Mefistofele de Boito, dos de los puntos más extraordinarios de la noche; aquí Terfel puso en juego todas sus armas escénicas, y los escalofriantes silbidos del aria de Boito, fueron, a pedido del artista, devueltos por la audiencia, en una suerte de silbatina al revés con la que tuvo su punto final la primera parte.

Bryn Terfel - Ciclo Grandes Intérpretes Internacionales - Foto 4Luego del intervalo vendría una sección dedicada al Lied -uno de los repertorios que Bryn Terfel más y mejor ha transitado-, con un puñado de canciones de Schumann y Schubert exquisitamente vertidas, y momentos antológicos en “Mein Wagen rollet langsam” (con una breve y graciosa escenificación), “Liebesbotschaft” y “Litanei auf das Fest Aller Seelen”, en la que el barítono no quebró su concentración ni siquiera ante el ringtone insistente de un teléfono inoportuno. En el final, Terfel rindió tributo a uno de sus cantantes admirados, el también compositor John Charles Thomas, con tres de sus canciones: “Trees”, “Home on the range” y “The Green eyed dragon”. Un único bis valió por diez: “If I were a rich man”, de El violinista en el tejado (de Sheldon Harnick y Jerry Bock) , en una versión difícilmente superable.

Como ya había sido visto en otras funciones, el Colón habilitó al personal de sala el uso de punteros láser para señalar las infracciones a la prohibición de usar los teléfonos celulares una vez apagadas las luces. Lamentablemente, otras costumbres parecen más difíciles de desterrar, y una de ellas se convirtió en una constante en esta noche: el aplauso incontinente que, espontáneo o no, mata los últimos sonidos de cada obra, y hace que los segundos de silencio que deberían seguir a la música sean a esta altura una causa perdida.

Fotos: Gentileza Prensa Teatro Colón / Arnaldo Colombaroli

 

Rossini y su último pecado redentor, en una versión intensa

Foto 1 - Ciclo Sinfónico Coral - Petite messesolennelle @ M. Parpagnoli

Por Margarita Pollini

Como cierre de su ciclo de tres conciertos, que comenzó en marzo con el Stabat Mater de Gioachino Rossini y continuó en julio con el Requiem de Giuseppe Verdi, el Coro Estable del Teatro Colón interpretó la Petite messe solennelle, también de Rossini, en su versión original para coro, solistas, dos pianos y armonio. Además de la oportunidad para el público de escuchar tres grandes obras sacras (con Rossini como hilo conductor, ya que el germen del Requiem verdiano fue una misa colectiva en homenaje al compositor de Pesaro), el ciclo tuvo como mérito el de dar mayor visibilidad al excelente nivel que tiene hoy el Coro Estable. Y, no menos importante, lo saludable y necesario que es para los organismos corales líricos el abordaje de otros repertorios.

Escrita entre 1863 y 1864 (pocos años antes de la muerte del compositor), la obra de Rossini -que éste llamó “el último pecado mortal de mi vejez”- es para muchos una de sus creaciones más perfectas, llena de intensidad, ironía, dramatismo y sobre todo una escritura absolutamente magistral. Más allá de las no pocas particularidades de su lenguaje -que va del contrapunto palestriniano al élan heroico de sus números para solistas- la elección de las fuerzas para la interpretación de la Petite messe siempre plantea un dilema: aunque Rossini mismo escribió que “doce cantantes de los tres sexos” (en referencia a los castrati que aún sobrevivían en el ámbito eclesiástico) serían suficientes para su ejecución, la obra parece requerir en sus números más monumentales una cantidad considerable de fuerzas vocales.

Foto 3 - Director musical Miguel Martínez @ M. Parpagnoli

La versión del sábado 1 de septiembre en el Teatro Colón encontró un equilibrio en una cantidad reducida de integrantes del Coro (alrededor de cincuenta), y además hubo una inteligente distribución de los cantantes de las cuatro cuerdas, uno de los recursos más habituales para evitar las deficiencias de afinación. Bajo la dirección musical segura, sensible y refinada del titular del organismo, Miguel Martínez, la versión tuvo en el Coro Estable a un protagonista absoluto que sorteó todas las dificultades. Fue también acertada la actuación del ensamble de teclados, integrado por Marcelo Ayub (impecable en el Prélude réligieux) y Eduviges Picone en pianos y Felipe Delsart en armonio.

Menos fortuna corrió un cuarteto de solistas desparejo en más de un aspecto. El tenor Maximiliano Agatiello mostró buen gusto y musicalidad (pese a un traspié en la difícil aria “Domine Deus”), y el barítono Mariano Gladic enfrentó dificultades técnicas con una parte no adecuada a su registro ni a su madurez vocal. En el extremo opuesto, la actuación de la mezzo Guadalupe Barrientos resultó exhuberante y desbordada en todo sentido, en especial en actitud, volumen, dramatismo y pronunciación del texto, mucho más dignos de una ópera verista que de una obra sacra de formato casi camerístico. Sin dudas lo mejor del ensamble estuvo en la soprano Jaquelina Livieri, expresiva sin excesos y musical sin amaneramientos, impecable en sus arias “Crucifixus” y “O salutaris hostia”, y sus intervenciones en los ensambles. Lamentablemente -y como ya es casi una insana costumbre- una ovación a destiempo de aplaudidores precoces quebró la delicada coronación del “Agnus Dei” y de la obra, que sin este incidente hubiera tenido mucho más efecto.

2 de septiembre del 2018

Fotos: Máximo Parpagnoli / Gentileza Prensa Teatro Colón

Foto 4 - De izq a der Marcelo Ayub, Maximiliano Agatiello, Mariano Gladic, Jaquelina Livieri, Guadalupe Barrientos, Miguel Martínez y Eduviges Picone @ M. Parpagnoli.

Gaechinger Cantorey: sólo para la gloria de Bach

Por Margarita Pollini

Buenos Aires, 29 de mayo del 2018 – Con el recuerdo aún vivo en el público de su extraordinaria actuación de hace tres años, parecía difícil que Hans-Christoph Rademann y el coro y la orquesta de la Internationale Bachakademie Stuttgart pudieran superarse en esta nueva visita, también para el Mozarteum Argentino en el Teatro Colón. Pero, como todo gran artista, Rademann es un espíritu inquieto, y en los últimos tiempos ha promovido la creación de una orquesta de instrumentos históricos, lejos de la opción por instrumentos modernos de su predecesor y fundador de la institución, el enorme pionero Helmuth Rilling. Muestra de este cambio de criterio es la grafía misma del ensamble: el nombre actual, Gaechinger Cantorey, responde a la escritura antigua, y se ha hecho extensivo además a la orquesta.

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El repertorio que Rademann y la Gaechinger ofrecieron el lunes 28 de mayo unió dos obras de estilos diferentes en la creación de Johann Sebastian Bach. La cantata BWV 21, Ich hatte viel Bekümmernis, que se escuchó en la primera parte, es la cantata coral más larga escrita por Bach antes de Leipzig, y los estudiosos datan su creación entre 1713 y 1714, año en que el compositor la interpretó en Weimar. Indudablemente una de las dificultades que presenta su ejecución son los movimientos corales, con sus cambios rítmicos, dinámicos y de afecto; desde el primero de estos números -el segundo de la cantata, y que responde a la forma de motete concertante-, Rademann confirmó su maestría en la unidad del discurso, que se hizo extensiva a la interpretación de la cantata en su conjunto, sin baches entre un número y otro y con una concepción general sólida. Pero la cantata muestra también un arco expresivo muy marcado, desde el comienzo en el que prima la tristeza hasta el final exultante (la fuga sobre las palabras “Lob und Ehre und Preis und Gewalt / sei unserm Gott von Ewigkeit zu Ewigkeit”), y Rademann también consiguió evidenciar esta progresión gracias a su inmejorable comunicación con un coro y una orquesta del más extraordinario nivel. El final de esta fuga y de la obra, ejecutado senza rallentando, resultó tan sorprendente como conmovedor.

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En su versión más frecuente (re mayor, BWV 243) se escuchó el Magnificat, una obra mucho más difundida y de características algo diferentes. En consecuencia, uno de los retos de ejecución en este caso es el de revelar detalles que las tradiciones y las interpretaciones rutinarias pueden llegar a soslayar. La sensibilidad asombrosa, el conocimiento y la experiencia de los músicos de la Gaechinger Cantorey son la materia prima para que su director realice un trabajo de auténtica orfebrería, en la claridad de cada una de las líneas, su evolución dinámica, su relación con las demás y en la unidad de la articulación de voces e instrumentos, uno de los grandes aciertos interpretativos de Rademann. Y, omnipresente, sobresale en este ensamble el énfasis de la palabra, tanto en los acentos del coro como en su traducción instrumental.

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Al igual que en la primera parte (y ya más seguros y aplomados), brillaron cuatro solistas excelentes: la soprano Miriam Feuersinger, la contralto Sophie Harmsen, el tenor Patrick Grahl y el bajo Tobías Berndt. Hubo también instrumentistas cuyos nombres sería injusto no mencionar: la extraordinaria oboísta Katharina Arfken (quien ofreció junto con Feuersinger versiones para el recuerdo de las arias “Seufzer, Tränen, Kümmer, Not” de la cantata 21 y “Quia respexit humilitatem” del Magnificat), las flautistas Dóra Ombodi y Regina Gleim (de sonido dulcísimo y perfecto en el “Esurientes implevit bonis”), la cellista húngara Piroska Baranyay y las tres trompetas: Hans-Martin Rux-Brachtendorf, Astrid Brachtendorf y Karel Mñuk.

Fuera de programa no había lugar para nada que no fuera Bach, y el público lo agradeció con creces; se escucharon entonces versiones difícilmente superables del coral “Wohl mir, dass ich Jesum habe”, de la cantata 147, y el “Dona nobis pacem”, final de la Misa en si menor. Más allá del profesionalismo y calidad individual de cada uno de los miembros de la Gaechinger Cantorey y de su líder, la sensación que dejó el ensamble fue la de un conjunto de espíritus unidos en la música de Bach, y con un solo objetivo común: ser mensajeros de esa intangible maravilla.

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Fotos: Liliana Morsia / Gentileza Mozarteum Argentino

“L’italiana in Algeri” en el Colón: bellas voces, gran batuta, puesta fallida

La Italiana en Argel 2018 - Elenco Nacional - Foto 2

Por Margarita Pollini

Buenos Aires, 6 de mayo del 2018 – A 150 años de su muerte, Gioachino Rossini sigue siendo por estas orillas un compositor por descubrir. Con honrosas excepciones, como el Viaggio a Reims que el Teatro Argentino de La Plata ofreció en el 2011 o el Comte Ory que produjo Juventus Lyrica el año pasado, el compositor de Pesaro continúa circulando aquí a través de la “trilogía” Barbiere-Cenerentola-Italiana, o, con menor frecuencia, farsas breves como Il signor Bruschino, L’occasione fa il ladro o La scala di seta. A contramano de los grandes teatros del mundo, que ya han incorporado los dramas de Rossini a su programación, la de las instituciones locales se aferra desde hace décadas a la mentada trilogía, y títulos como Ermione (1992) y Elisabetta (2004) han sido auténticas rarezas en las temporadas del Colón.

La Italiana en Argel 2018 - Elenco Nacional - Foto 1

Así, la elegida para el homenaje a este autor en el abono de ópera de este teatro fue L’italiana in Algeri, con libreto de Angelo Agnelli, en una co-producción con la Quincena Musical de San Sebastián y el Festival San Lorenzo del Escorial. El director de escena andorrano Joan Anton Rechi elaboró una puesta que más que un concepto muestra una sucesión de cuadros tan brillantes en lo visual como pobres en sus ideas y sus aristas teatrales. Luego de la obertura, afortunadamente interpretada sin distracciones escénicas, comenzó un desfile de elementos que habrían de repetirse hasta el hartazgo durante todo el espectáculo: omnipresentes mucamas y eunucos vestidos de lamé, teléfonos, micrófonos, y la reiteración de recursos como el de hacer bailar al coro al compás de la música de los solistas y viceversa, o el de hacer a las mucamas caer extasiadas ante el canto de Lindoro, entre otros. Ni la escenografía, invariablemente simétrica, de Claudio Hanczyc ni el vestuario de Mercè Paloma tuvieron aspectos para destacar; apenas la iluminación de Sebastián Marrero aportó algunos tintes de belleza.

La Italiana en Argel 2018 - Elenco Nacional - Foto 3

Antonello Alemandi, director milanés de extensa trayectoria, fue un sostén musical de altísimo nivel, que imprimió nervio y perfecto estilo a la Orquesta Estable (en una labor ejemplar) y siguió con fidelidad el trabajo de los cantantes; algunos desajustes que aparecieron en la primera función del elenco nacional fueron bien resueltos.

El elenco de las funciones extraordinarias -de las que aquí se comenta la primera- tuvo un altísimo nivel. La mezzosoprano rosarina María Florencia Machado se fue afianzando en su labor: su Isabella alcanzó en sus dos grandes escenas del segundo su punto más alto, y en lo escénico derrochó encanto y picardía; si bien su musicalidad y vocalidad fueron en todo momento impecables, la decisión del régisseur de ubicarla lejos del proscenio en sus primeras intervenciones hizo que su comienzo quedara algo desmerecido. Desde su aria de entrada “Languir per una bella”, Santiago Ballerini, uno de los jóvenes cantantes argentinos de mayor proyección internacional, ofreció una maravillosa interpretación musical de Lindoro -con perfecta línea, agilidad y fraseo-, y se desenvolvió con total soltura actoral.

La Italiana en Argel 2018 - Elenco Nacional - Foto 4

También resultó una delicia el Mustafá del bajo chileno Ricardo Seguel (a quien el público local conocía por su Don Profondo en el Viaggio platense), con una voz que no encontró dificultades para correr por la sala y una refrescante picardía; sus escenas con el memorable Hally de Luciano Miotto fueron de lo mejor de la noche. Damon Ploumis, quien reemplazó en este elenco a Omar Carrión, se reveló como un experto cómico, aunque su voz no pareció la mejor elección para Taddeo. Deliciosas fueron la Elvira de Rocío Giordano y la Zulma de Monserrat Maldonado, y el Coro Estable preparado por Miguel Martínez cumplió de manera impecable con sus intervenciones.

En resumen, una producción más recordable por su aspecto musical que por una puesta que confirma la enorme dificultad de dar vida a la comedia lírica italiana sin saturarla ni desvirtuar su espíritu.

Fotos: Prensa Teatro Colón /Máximo Parpagnoli

“El corsario” en el Colón: el virtuosismo, en todo su esplendor

Foto 1 - El Corsario@ M. Parpagnoli

Por Margarita Pollini

Buenos Aires, 10 de abril del 2018 – Si los ballets decimonónicos suelen ser -en su forma y planteo- una excusa argumental más o menos lograda para el lucimiento de los intérpretes, en pocas obras esta característica se manifiesta tanto como en El corsario, que el Colón acaba de reponer en la versión de Anne-Marie Holmes. Más allá de la exuberancia de los decorados y de un marco musical adecuado, lo que el público busca es una realización coreográfica impecable, con figuras capaces de sortear los desafíos técnicos y un cuerpo de baile a la altura.

Foto 5 - El Corsario @ A. Colombaroli

En este sentido, fue un acierto por parte del Ballet Estable del Teatro Colón, que dirige Paloma Herrera, el confiar la reposición a Julio Bocca, una figura cuyo sólo nombre puede llenar varias veces la sala, y la convocatoria a figuras internacionales de primer nivel: el argentino Herman Cornejo (principal del American Ballet Theatre) y los rusos María Kochetkova (San Francisco Ballet) y Daniil Simkin (ABT). Bien conocidos por gran parte del público porteño gracias a su participación en las Galas Internacionales de Ballet y la versión de Don Quijote en el Coliseo con el Ballet del Teatro Argentino de La Plata, en noviembre del 2014, Simkin y Kochetkova superaron cualquier expectativa en su primera presentación en un ballet completo en el escenario del Colón. Como Alí, Simkin tuvo oportunidad de desplegar su maestría técnica, que hace de los saltos y piruetas más complejos algo casi natural y sin aparente esfuerzo. Por su parte, Kochetkova dio brillo, delicadeza y perfecto estilo a su Medora, invariablemente encantadora y precisa, y Cornejo encarnó a Conrad con energía y compromiso.

Foto 2 - El Corsario @ M. Parpagnoli

Macarena Giménez, la ascendente bailarina que no deja de sorprender, ofreció una interpretación sensible y segura de Gulnara. A su lado se lucieron Maximiliano Iglesias, Juan Pablo Ledo, Julián Galván, Emilia Peredo Aguirre, Natalia Pelayo y Camila Bocca, y en líneas generales el conjunto lució muy ajustado. No ocurrió lo mismo en el foso: pese a la buena labor de la directora Tara Simoncic -joven pero experimentada-, la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires dejó oír desajustes frecuentes y sonó algo desganada. Una mención aparte merecen los delicados diseños de Aníbal Lápiz y los decorados bellísimos de Christian Prego.

Foto 5 - El Corsario @ A. Colombaroli

En la función de estreno, el Colón (colmado en todos los niveles) se rindió a los pies de los intérpretes con aplausos prolongados. Pero ninguna ovación superó la que despertó Julio Bocca, quien -al igual que la también ovacionada Paloma Herrera- rápidamente desapareció del escenario para dejar el reconocimiento a los bailarines, en un comienzo de temporada que difícilmente podría haber sido más auspicioso.

Ballet El Corsario - Saludo final entre Paloma Herrera (Directora del Ballet Estable del Teatro Colón) y Julio Bocca (Coreográfo Repositor) - Foto 4

Fotos: Gentileza Prensa Teatro Colón / Arnaldo Colombaroli, Máximo Parpagnoli y Juan José Bruzza

Grandes voces para el “Stabat Mater” de Rossini en el Colón

Stabat Mater (c) Arnaldo Colombaroli - Foto Nº 3

Por Margarita Pollini

Buenos Aires, 29 de mazo del 2018 – En vísperas de Semana Santa, y como apertura de su abono a tres conciertos sinfónico-corales, el Colón ofreció el Stabat Mater de Rossini. El Coro Estable, protagonista de este abono, unió sus fuerzas a la Orquesta Estable y a un excelente cuarteto solista, bajo la dirección segura de Silvio Viegas. La elección de la obra coincide con los homenajes del Colón a Rossini, a 150 años de su muerte, tributos que continuarán con L’italiana in Algeri en la temporada lírica y la Petite Messe Solennelle como cierre del abono de conciertos corales.

Obra posterior al abandono de la composición operística por parte de su autor, el Stabat Mater de Rossini tuvo una génesis curiosa: lo encargó el sacerdote Manuel Fernández Varela durante una visita del compositor a Madrid (1831), pero Rossini demoró la escritura; cuando, más cerca de la fecha pautada de estreno, Fernández Varela quiso saber cómo iba la composición, Rossini tuvo que recurrir a su colaborador Giovanni Tadolini para que lo completara, y así se estrenó en Madrid en 1833 bajo la dirección de Ramón Carnicer (más conocido en nuestro continente por ser el autor de la música del Himno Nacional de Chile). Tras la muerte de Varela, el manuscrito fue a parar al editor Aulagnier, quien quiso publicarlo, y entonces Rossini debió reemplazar con números propios aquellos escritos por Tadolini; esta versión definitiva se estrenó en París en 1842.

Rossini despliega en su Stabat Mater una variedad de texturas, recursos y procedimientos que hacen de la unidad del conjunto uno de los mayores desafíos de la interpretación. Silvio Viegas, el director brasileño de recordada actuación en El holandés errante en el Teatro Argentino de La Plata, logró este objetivo, y también otros.

Stabat Mater (c) Arnaldo Colombaroli - Foto Nº 2

El cuarteto de solistas tuvo la excelencia como denominador común. Adriana Mastrangelo interpretó con su probada solvencia y compenetración (muy bien en especial en su cavatina “Fac ut portem” y el difícil dúo “Quis est homo”), y el experimentado bajo italiano Riccardo Zanellato aportó una voz de peso y contribuyó a sostener con buena afinación los dos difíciles números a cappella. Pero, más allá del buen rendimiento del conjunto, hubo dos revelaciones para gran parte del público del Colón: la soprano paraguaya Montserrat Maldonado y el tenor argentino Santiago Martínez. Con su voz suntuosa, de perfecta proyección y flexibilidad, Maldonado fue -además de musicalmente impecable- expresiva y dramática en todas sus intervenciones, hasta el clímax del “Inflammatus et accensus”. Por su parte, Martínez (quien había tenido una muy buena actuación reciente en la ópera Tres hermanas, en el mismo escenario), de emisión y tesitura perfectas para Rossini, brilló en la famosa y difícil “Cujus animam gementem” y en los números de conjunto.

Stabat Mater (c) Arnaldo Colombaroli - Foto Nº 3

Integrado por voces seleccionadas y entrenadas para el repertorio lírico, el Coro Estable del Teatro Colón superó todos los desafíos que la obra le impone; bajo la preparación estricta de Miguel Martínez y la batuta atenta de Viegas, tuvo en todo momento afinación impecable y buen empaste, y el trabajo dinámico fue notable. El desempeño de la Orquesta Estable fue más sobresaliente en las cuerdas -en las que se evidenció un trabajo tal vez más detallado- que en maderas y metales, donde algunas desafinaciones apenas deslucieron el resultado.

De la intimidad contemplativa al grito desgarrado, del ímpetu heroico a la apoteosis sonora, todas las facetas de la espiritualidad que Rossini desplegó en esta obra fabulosa tuvieron en esta versión su correlato, ante una sala poblada que ovacionó este gran logro del conjunto.

 

Fotos: Gentileza Prensa Teatro ColónStabat Mater (c) Arnaldo Colombaroli - Foto Nº 1

Tres hermanas: el laberinto del desasosiego

Tres hermanas (c) Arnaldo Colombaroli - Foto Nº 1

Buenos Aires, 15 de marzo del 2018 – Único título contemporáneo de la temporada oficial, en rigor de verdad herencia de la gestión anterior (había sido originalmente programado en el 2016 para el 2017), el martes 13 de marzo subió a escena como apertura del ciclo de ópera del Teatro Colón Tres hermanas, del húngaro Peter Eötvös (n. 1944), en calidad de estreno americano. Más allá de la excelencia de la obra, la propuesta escénica y la realización musical, este inicio (que es también el comienzo del ciclo del Colón Contemporáneo) resulta toda una rareza en el marco de una de las temporadas más acotadas en términos conceptuales y cronológicos que haya tenido el Teatro Colón en mucho tiempo. El hecho de que el autor haya estado presente para este acontecimiento y haya ofrecido en las horas previas una charla en el Salón Dorado es un valor agregado para no desdeñar.

Tres hermanas (1997), con libreto del compositor junto con Claus Henneberg, no está planteada en actos ni en escenas sino “en tres secuencias”. La aclaración es importante para comprender su estructura, ya que la ópera de Eötvös no ofrece un relato lineal sino tres puntos de vista (los de las hermanas Irina y Masha y Andréi, el único varón de los hermanos Prosorov) sobre la trama de Chéjov. Desde el prólogo, a cargo de Irina, Masha y Olga (fabulosas Elvira Hasanagic, Anna Lapovskaja y Jovita Vaskeviciute), la música de Eötvös pinta a la perfección el paisaje desolado y opresivo que sobrevuela la obra; otro acierto es la caracterización vocal, muy evidente en personajes como Natasha y el doctor Chebutykin (excelentes creaciones de Marisú Pavón y Carlos Ullán). Envueltos por el sonido de dos ensambles orquestales, factor que enfatiza este sentido de opresión, los personajes transitan sus conflictos en un continuo perfecto.

Rubén Szuchmacher, el consagrado director de teatro que vuelve a la régie de ópera en el Colón después de 18 años, subraya estas particularidades de la obra con un dispositivo escénico único -gran trabajo de Jorge Ferrari, al igual que el adecuado vestuario-, que ubica a la segunda orquesta en la altura (al mando de Santiago Santero) y dos estructuras laterales, una de ellas inclinada como símbolo de inestabilidad. El trabajo actoral es minucioso y eficaz, y los climas están mágicamente temperados por la iluminación de Gonzalo Córdova.

En el marco de un elenco sin puntos débiles, además de los mencionados se destacan las performances inolvidables de Luciano Garay (Andréi), Héctor Guedes (Vershinin) y Víctor Castells (la criada Anfisa); el resto del reparto (Walter Schwartz, Alejandro Spies, Mario de Salvo, Pablo Pollitzer y Santiago Martínez) cumple a la perfección. Con algunos traspiés, la Orquesta Estable realiza un buen trabajo al mando del muy joven pero ya experto Christian Schumann.

Si, como escribió Máximo Gorki a Chéjov, Tres hermanas es música más que teatro, la ópera de Eötvös potencia al infinito esa esencia musical, a través de un prisma imposible de concebir ni de percibir fuera de un escenario.

Margarita Pollini

 

(Fotos: Arnaldo Colombaroli y Máximo Parpagnoli / Gentileza Teatro Colón)

Tres hermanas (c) Arnaldo Colombaroli - Foto Nº 3Tres hermanas (c) Máximo Parpagnoli - Foto Nº 7